Un libro que parece recordar un idioma que no existe
Hay libros que se pierden porque nadie los conserva. El Voynich hizo exactamente lo contrario: sobrevivió. Y ese es parte de su problema. Cada página está ahí. Podemos verla, ampliarla, contar sus caracteres y estudiar sus dibujos. Lo que no podemos hacer es leerla.
El códice que hoy conserva la Beinecke Rare Book & Manuscript Library de Yale está escrito en una grafía no identificada. Sus ilustraciones sugieren varias secciones: plantas, diagramas astronómicos y astrológicos, escenas de baños, medallones cosmológicos, preparados de raíces y páginas que podrían contener recetas. Nada de eso ha permitido traducir una frase con consenso.
El hombre que le dio nombre
Wilfrid M. Voynich, librero y anticuario, adquirió el manuscrito en 1912. No fue su creador; simplemente fue quien lo devolvió al foco moderno y acabó prestándole su apellido. La historia anterior del volumen conduce a coleccionistas, alquimistas y eruditos europeos. Una carta enviada en 1666 al jesuita Athanasius Kircher todavía acompaña al códice.
¿Código, lengua o fraude?
Las hipótesis han recorrido prácticamente todo el mapa: cifrado, lengua perdida, lenguaje artificial, abreviaturas médicas, herbario, tratado alquímico o fraude extraordinariamente elaborado. Los análisis materiales no han resuelto el contenido, pero sí hacen difícil reducir el objeto a una falsificación moderna: los materiales son compatibles con un manuscrito histórico.
Y, aun así, el texto continúa cerrado. Eso convierte al Voynich en algo poco frecuente: un misterio que no depende de que falten páginas. Depende de que están todas delante de nosotros y no sabemos qué hacer con ellas.
La parte que más inquieta
Las plantas son reconocibles y extrañas a la vez. Algunos dibujos parecen combinar raíces, hojas o flores de especies diferentes. Las figuras humanas aparecen en sistemas de tubos, piscinas o estructuras cuyo propósito no entendemos. Los diagramas recuerdan al cielo y a la cosmología medieval, pero no terminan de encajar en una lectura única.
Quizá por eso el Voynich sigue funcionando tan bien como objeto cultural. Cada generación proyecta sobre él sus herramientas más avanzadas y espera ser la última. De momento, ninguna lo ha sido.
El manuscrito puede consultarse digitalmente en alta resolución. La paradoja es perfecta: uno de los libros más inaccesibles del mundo es también uno de los manuscritos misteriosos más accesibles para cualquiera con una pantalla.
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