A las 2:17 de la madrugada, el teléfono de recepción sonó una sola vez.
Irene levantó la vista del monitor. El hotel llevaba cerrado al público desde hacía tres semanas. Reforma de tuberías, decían los carteles pegados en las puertas automáticas. En realidad solo trabajaban dos albañiles durante el día, un vigilante por la noche y ella, que se había ofrecido a cubrir recepción porque necesitaba el dinero.
El teléfono volvió a sonar.
No había huéspedes. Eso era lo primero.
Lo segundo era que la centralita mostraba el origen de la llamada.
217.
Irene se quedó mirando el número. En el segundo piso no existía una habitación 217. El pasillo terminaba en la 216; después venía una puerta estrecha de servicio que daba al hueco de las antiguas escaleras.
Descolgó.
—Recepción.
Al otro lado no contestó nadie. Solo se oía una respiración baja, casi tapada por un sonido parecido al de agua corriendo.
—¿Hola?
La respiración se detuvo.
Una mujer dijo, muy despacio:
—La puerta no abre desde dentro.
La línea se cortó.
Irene miró las cámaras de seguridad. Planta baja: vacía. Primer piso: vacío. Segundo piso: el pasillo iluminado por luces de emergencia. En la pantalla, al fondo, estaban la 215, la 216 y la puerta de servicio.
Nada más.
Llamó al vigilante. No respondió. Le escribió. Un solo tic.
El teléfono sonó por tercera vez.
217.
Esta vez no descolgó.
La cámara del segundo piso parpadeó. Durante un segundo la imagen se llenó de nieve. Cuando volvió, había una puerta más al final del pasillo.
Estaba entre la 216 y la puerta de servicio.
Una puerta color crema, antigua, con una placa ovalada.
217.
Irene retrocedió de la mesa.
El teléfono dejó de sonar.
En la cámara, la puerta se abrió unos centímetros.
Dentro no había una habitación. Había oscuridad y, muy lejos, una línea blanca que parecía la espuma de una ola.
Entonces el vigilante apareció en la imagen.
Entró por el extremo cercano del pasillo, caminando hacia la cámara. Llevaba la linterna apagada y la cabeza inclinada.
Irene pulsó el interfono.
—Raúl. No te acerques al fondo.
El hombre siguió andando.
—Raúl, mírame.
Se detuvo justo delante de la 216.
Levantó la cabeza.
No era Raúl.
Tenía su uniforme, su altura y su forma de caminar, pero la cara parecía tomada de una fotografía mojada. Los rasgos se deshacían hacia abajo.
La figura giró hacia la puerta 217.
Desde recepción, Irene escuchó el ruido antes de verlo: agua golpeando contra algo hueco.
La puerta se abrió del todo.
Una ola atravesó el marco.
No inundó el pasillo. Se quedó dentro, vertical, como si el océano hubiera decidido que aquella puerta era una ventana y no una entrada.
La figura con el uniforme de Raúl dio un paso y desapareció en el agua.
La puerta se cerró.
La cámara volvió a parpadear.
Cuando regresó la imagen, la 217 ya no estaba.
El teléfono de recepción sonó.
Irene no quería mirar la pantalla, pero miró.
El origen de la llamada no era 217.
Era RECEPCIÓN.
Descolgó sin saber por qué.
Escuchó su propia respiración al otro lado.
Después, su propia voz:
—La puerta no abre desde dentro.
Las luces del vestíbulo se apagaron.
A la mañana siguiente, los albañiles encontraron la recepción vacía. Sobre la mesa había un teléfono descolgado y un charco de agua salada que llegaba hasta las puertas del ascensor.
En la grabación de la cámara del segundo piso no apareció ninguna puerta nueva.
Pero durante exactamente siete segundos, a las 2:17, el pasillo tuvo una habitación más.