El tren llegó a Corcubión con cuarenta minutos de retraso, y la noche ya estaba cerrada sobre los cristales cuando Tomás Varela bajó al andén.
Llevaba la cámara colgada del hombro, la maleta en una mano y el maletín de placas en la otra, y durante unos segundos, no hizo otra cosa que quedarse quieto junto al estribo, dejando que la lluvia fina le enfriara la cara. Había viajado muchas horas. Demasiadas, pensó, para cuatro fotografías de un faro y una nota de color sobre la costa gallega. Pero los encargos pequeños eran así: pagaban poco y se cobraban en kilómetros.
Madrid había quedado atrás con sus cafés, sus redacciones llenas de humo y sus voces atropelladas. Aquí, en cambio, alguien parecía haber vaciado el mundo y haberse olvidado de volver a llenarlo.
No había mozos. No había familias esperando bajo la marquesina, ni gritos de despedida, ni el lío de maletas que arma cualquier estación cuando llega un tren. Solo una farola que parpadeaba con una luz amarilla y enferma, un banco hinchado por la humedad y el olor del mar, que llegaba hasta allí, aunque el mar no se viera todavía por ninguna parte.
Tomás ajustó la correa de la cámara y esperó a que el revisor bajara detrás de él.
No bajó nadie.
Miró hacia el vagón. Las ventanillas estaban empañadas y, detrás del vaho, se adivinaban formas inmóviles: cabezas inclinadas, la curva de un sombrero, unas manos quietas sobre el regazo. Ninguno de aquellos viajeros parecía tener prisa por seguir el viaje. Ninguno parecía siquiera plantearse que la estación de Corcubión pudiera ser el final de algo.
Buscó el billete en el bolsillo interior de la chaqueta. El papel había quedado blando con la humedad del trayecto; una esquina se le deshacía sola entre los dedos y la tinta, corrida hacia el centro, había convertido la fecha en una mancha gris sin forma. Se leía el origen —Madrid— y se leía el destino —Corcubión—. Lo demás se había ido borrando por el camino.
Frunció el ceño. El revisor no se lo había picado.
Lo recordaba pasando dos veces por el pasillo, la gorra calada y la linterna apagada en la mano. Las dos veces había mirado hacia Tomás y había seguido de largo, como se mira un bulto que ya se ha contado. Pensó que volvería más tarde. Después vinieron el traqueteo, la lluvia en los cristales, el sopor, y en algún punto impreciso entre Zamora y el mar, dejó de importarle.
Guardó el billete de todos modos. Habría que justificar el gasto ante Estampa, y en Estampa no entendían de tinta corrida.
Cuando se volvió, el último vagón ya no estaba.
No había oído alejarse la locomotora. Ni el chirrido del hierro, ni el resoplido, ni el pitido largo que suelta un tren al dejar una estación. Solo las vías, brillantes de agua, perdiéndose en una oscuridad que no devolvía nada.
La estación era poco más que una sala estrecha, una taquilla con la persiana echada y un reloj parado en las once y cuarto. En la pared, un cartel descolorido de una compañía de vapores anunciaba travesías a Buenos Aires, y un calendario de 1930 seguía colgado del clavo, como si nadie hubiera encontrado motivo para arrancar las hojas que sobraban.
Fuera, un hombre echaba el cierre de una tienda. Tomás cruzó hacia él.
—Perdone. ¿Para Faxilda?
El hombre no se volvió del todo. Dejó un momento la mano sobre el candado y luego señaló con la barbilla la carretera que bajaba hacia la costa.
—Por ahí.
—¿Está lejos?
—Según.
Tomás esperó la segunda mitad de la frase. No llegó. El hombre terminó de asegurar el cierre con una calma de oficio, sin prisa, como quien ha cerrado esa misma tienda diez mil noches y piensa cerrarla otras diez mil.
—¿Hay coche?
—A estas horas, no.
—¿Alguien que pueda acercarme, entonces?
El hombre lo miró por fin. Miró la cámara, después la maleta, después la cara de Tomás, y en ningún punto de ese recorrido apareció lo que él estaba acostumbrado a ver en los desconocidos. No hubo recelo. No hubo curiosidad. No hubo siquiera el pequeño esfuerzo de quien intenta ubicar a un forastero.
Lo que incomodó a Tomás no fue la sequedad. Fue la otra cosa, la que no supo nombrar: que aquel hombre no parecía estar conociéndolo.
—Si va a Faxilda —dijo—, llegará andando.
Y se fue calle arriba, bajo la lluvia, sin despedirse.
Tomás apoyó la maleta en el suelo para cambiarla de mano y, al hacerlo, vio el polvo. No era barro del camino ni carbonilla del tren: era polvo seco, gris, acumulado en la costura de abajo, en los rincones donde se mete el tiempo. Pasó el pulgar por la piel y quedó una raya limpia, igual que la que deja un dedo en un mueble que lleva semanas sin que nadie lo toque.
Se quedó mirándola más de lo que merecía. Una maleta. Polvo. Qué más daba.
Se limpió el dedo en el abrigo y echó a andar.
La carretera bajaba entre muros de piedra cubiertos de musgo. A un lado, las zarzas y los helechos chorreaban, negros de tanta agua; al otro, los prados se inclinaban hacia abajo, hacia una oscuridad donde el mar respiraba sin dejarse ver. La noche tenía el color del hierro mojado. No hacía viento —eso fue lo raro—, y sin embargo la lluvia parecía entrar de costado, menuda y constante, como si no cayera del cielo sino de todas partes a la vez: del aire, de las piedras, del propio camino.
En el bolsillo interior llevaba la placa. La notaba contra el pecho —no por el peso, que era el de un cristal pequeño, sino por la rigidez—, y cada pocos pasos, al balancearse la tela del abrigo, el borde le rozaba una costilla. Una insistencia menuda. Una manera de recordarle que seguía ahí.
No necesitaba sacarla. La había mirado tantas veces que la imagen se le formaba sola en cuanto cerraba los ojos: una figura joven junto a un faro, el cuello de la chaqueta subido, el pelo oscuro pegado a la frente por la lluvia o por el mar. El rostro vuelto hacia la cámara con una expresión que Tomás no conseguía fijar. No era miedo. No era una súplica, ni una advertencia. Era algo más quieto que todo eso. Algo que esperaba, y que parecía llevar mucho tiempo esperando.
No sabía quién se la había mandado. No traía remite: solo un sobre grueso, de papel basto, llegado una mañana a la redacción. Recordaba haberlo abierto allí mismo, en su mesa, entre el ruido de las máquinas y el humo y las voces.
También recordaba haberlo abierto solo, en su cuarto, con la puerta cerrada y la ciudad muda al otro lado de la ventana.
Las dos cosas no podían ser ciertas. Lo sabía. Y aun así las dos seguían en su cabeza, igual de nítidas, igual de suyas, sin que ninguna quisiera cederle el sitio a la otra.
Se paró en mitad del camino. Tardó en notar que se había parado.
Delante, entre la niebla, estaba Faxilda. No apareció de golpe, sino por partes, como si el pueblo dudara en mostrarse entero: primero una luz en alto, después la línea de un tejado, luego la silueta negra de una iglesia pequeña y rechoncha. Las casas se apretaban contra la pendiente, hombro con hombro, igual que animales que se juntan para aguantar el temporal. Más abajo, donde la tierra se acababa, unas cuantas barcas dormían sobre la arena oscura del puerto.
Y a lo lejos, en alto, sobre un promontorio de roca, giraba una luz blanca.
El faro.
Tomás se detuvo otra vez —esta vez sí lo decidió él— y se quedó mirándolo. La luz barría la niebla, desaparecía, volvía. Un destello, oscuridad, otro destello. Tuvo entonces una idea absurda, de esas que da el cansancio: que aquella luz no estaba alumbrando el mar. Que lo estaba vigilando.
Uno.
Dos.
Tres.
Sacudió la cabeza, se subió el cuello del abrigo y siguió bajando.
Encontró la calle do Porto sin preguntarle a nadie. Solo cuando ya estaba plantado delante del hostal cayó en que no había dudado ni una vez por el camino, y eso —más que las calles vacías, más que la lluvia— le dejó un poso incómodo que prefirió no remover.
Se dijo que el pueblo era pequeño. Que no tenía pérdida. La dirección la llevaba apuntada en una tarjeta doblada, en la cartera; la sacó y comparó lo escrito con el rótulo de madera que colgaba sobre la puerta.
HOSTAL DE REMEDIOS. La sal se había comido la mitad de las letras.
Llamó.
Tardaron en contestar. No fueron pasos apresurados los que oyó al otro lado, sino unos pasos medidos, tranquilos, los de alguien que se acerca a abrir una puerta sabiendo ya lo que va a encontrar detrás.
Abrió una mujer de cerca de sesenta años, aunque el cansancio de su cara no se dejaba medir bien por la edad. Llevaba el pelo tirante hacia atrás, un vestido negro y, encima, un delantal todavía más negro. Las manos anchas, enrojecidas por el agua y la faena. Los ojos grises.
Lo miró.
No fue una mirada larga. Fue peor que larga: fue una mirada que se cortó demasiado pronto, como si la mujer, al reconocer algo en él, hubiera decidido en el acto no reconocerlo.
—Buenas noches —dijo Tomás.
Ella tardó.
—Buenas. Pase.
El recibidor olía a madera mojada, a caldo apagado y a ropa puesta a secar cerca del fuego. Al fondo había una escalera y, a un lado, un mostrador con un libro de registro abierto por una página en blanco. La mujer no le pidió el nombre.
Tomás dejó la maleta en el suelo.
—Soy Tomás Varela. Vengo de Madrid.
—¿Cuánto tiempo se va a quedar?
—Tres días. Cuatro a lo sumo. Trabajo para Estampa, de Madrid. Me mandan a hacer unas fotografías del faro.
—Del faro —repitió ella. No era una pregunta. Era casi una manera de tomar aire.
—Punta Faxilda. ¿Se puede subir?
—Si Mauro quiere.
—¿Y si no quiere?
Remedios cerró el libro de registro sin haber escrito nada en él.
—Entonces lo fotografía desde abajo, como los demás.
No lo dijo con mala cara. Lo dijo como se dice una cosa que ya ha pasado otras veces y que volverá a pasar, con el desgaste tranquilo de lo que se da por inevitable.
Descolgó una llave de un clavo, detrás del mostrador. No miró el número.
—Arriba. La última puerta.
—Voy a necesitar un sitio sin luz. Para revelar las placas.
La mano de Remedios se quedó un instante quieta sobre la madera del mostrador.
—Hay un sótano. Es húmedo, pero sirve.
Le tendió la llave. Tomás alargó la mano para cogerla y ella la dejó caer en su palma con un cuidado raro, calculado, asegurándose de no rozarle los dedos. No fue desprecio. Fue otra cosa. Fue el cuidado de quien no quiere tocar algo, y no por asco, sino por… Tomás no encontró el final de esa frase, ni siquiera para sus adentros.
—¿Ha cenado? —preguntó ella, sin que la voz le subiera ni le bajara.
—No tengo hambre.
Lo dijo antes de pensarlo, y en cuanto lo dijo le sonó a mentira. O le habría sonado a mentira a cualquiera. Había pasado el día entero en un tren —si el día había transcurrido como él creía recordarlo—, y un hombre que pasa un día en un tren llega con un hueco en el estómago, con una punzada, con ganas de algo caliente. Tomás se buscó esa punzada por dentro, con cierta aplicación, como quien se palpa los bolsillos en busca de una llave.
No la encontró. No había nada que encontrar. Sería la tensión del viaje, se dijo.
Remedios asintió. No insistió con el pan ni con el caldo, no dijo que era tarde, no dijo nada de nada. Solo asintió despacio, con los labios apretados, como quien acaba de comprobar una cosa que ya se temía.
—Arriba —repitió.
Tomás cogió la maleta y subió.
El cuarto era pequeño y estaba limpio: una cama de hierro, una silla, una mesa con aguamanil y espejo, un armario estrecho y una ventana que daba al puerto. El cristal estaba empañado por dentro. Al otro lado, el mar se había comido casi toda la oscuridad, o la oscuridad se había comido casi todo el mar; a esa hora no había forma de distinguir una cosa de la otra.
Dejó la maleta junto a la cama y la abrió. El olor a cerrado salió de golpe: ropa doblada, papel viejo, cuero reblandecido por la humedad. La camisa de encima tenía una capa fina de polvo metida en los pliegues, el mismo polvo gris de las costuras. Tomás la sacudió junto a la ventana y se quedó mirando cómo las motas bajaban despacio en la penumbra, sin atreverse a sacar de aquello ninguna conclusión.
Colgó el abrigo del respaldo de la silla. La tela goteó sobre la madera del suelo, un goteo lento que tardó un rato en pararse.
Se acercó al aguamanil a lavarse la cara. El agua estaba fría, casi dolía. Cuando se incorporó, chorreando, se encontró de frente con el espejo.
El espejo le devolvió el cuarto. La cama. La ventana. La pared a su espalda.
A él lo devolvió después. Medio segundo después, no más; el tiempo justo de que el cuarto estuviera ahí y él todavía no.
Fue tan rápido que cualquiera lo habría echado a la cuenta de la luz, del cansancio, del agua en las pestañas. Tomás se lo echó a esa cuenta. Se quedó mirándose hasta que el reflejo volvió a portarse como debe portarse un reflejo, se secó la cara con el paño y resolvió no darle más vueltas.
Lo de no darle vueltas a las cosas le salía bien. Llevaba años practicándolo.
Sacó del bolsillo interior la placa envuelta en papel. La sostuvo unos segundos, notando los bordes a través del envoltorio.
No la abrió. No esa noche.
La guardó otra vez. Hacía tiempo que había aprendido una cosa: que ciertas imágenes no hace falta mirarlas para que sigan haciendo su trabajo.
Se sentó en la cama. El somier cedió con un quejido de hierro viejo. Se quedó así, sin moverse, mirando la ventana empañada.
El mar no se veía, pero estaba. Su rumor subía por las calles del pueblo con una regularidad que a Tomás le costaba oír como lo que era —agua contra piedra, nada más—. Sonaba a otra cosa. Subía y bajaba, subía y bajaba, con la lentitud de una respiración demasiado grande, como si todo Faxilda durmiera dentro del pecho de algo que aún no había terminado de despertar, y que quizá tardara mucho en hacerlo, y que quizá no conviniera que despertara nunca.
Se frotó la cara con las dos manos. Tenía que dormir.
Mañana fotografiaría el puerto, la iglesia, el arranque del camino del faro. Después pediría permiso para subir a la torre. Si el guardián se dejaba, en dos días tendría el reportaje cerrado y al tercero estaría de vuelta en el tren.
De vuelta a Madrid.
Se repitió esa última parte —de vuelta a Madrid— como quien reza; y, como quien reza, la repitió porque no las tenía todas consigo.
Se tumbó sin desvestirse y apagó la lámpara. El cuarto se quedó a oscuras, todo menos el faro, que entraba y salía por la ventana cada cierto tiempo. Una raya de luz blanca, fina, nacía en una pared, cruzaba el techo, pasaba por encima de la cama y se apagaba sobre el armario.
Contó tres pasadas.
A la cuarta, abrió los ojos.
No recordaba haberlos cerrado.
A la quinta, estaba sentado en la silla, junto a la ventana, con la cámara sobre las rodillas y las manos encima de la cámara.
No sabía cuándo se había levantado. No sabía cuánto llevaba allí. No encendió la lámpara para averiguarlo —no se le ocurrió, o no quiso—, y se quedó mirando el puerto, quieto, con las manos sobre el cuerpo frío del aparato, hasta que la noche, muy despacio, empezó a ponerse gris por los bordes.
Cuando bajó, Remedios ya andaba en la cocina. Había puesto café en la mesa, pan cortado y un platito con manteca. Tomás se sirvió solo café. Estaba hirviendo y amargo, y se lo bebió de pie.
—¿Cómo se va al faro? —preguntó.
—Baja al puerto. Desde ahí el camino sube solo.
—¿El guardián vive arriba?
—Sí.
—¿Cómo se llama?
—Mauro. Mauro Caaño.
El mismo apellido que el del rótulo. Tomás lo guardó en algún rincón, por si servía de algo.
—¿Pariente suyo?
Remedios siguió fregando una taza que ya estaba limpia.
—En los pueblos, al final, todos acabamos siéndolo.
Y no dijo más. Tomás apuró el café y salió a la calle.
La mañana no llegó a abrir. La niebla se quedó baja, pegada al empedrado, deshilachándose apenas a la altura de las rodillas. Tomás salió con la cámara al hombro y el maletín de placas bajo el brazo. Olía a sal, a algas pudriéndose en la bajamar y a leña pobre, de la que ahúma más que calienta.
El puerto de Faxilda era poca cosa: dos muelles de piedra, una rampa oscura forrada de verdín y media docena de barcas varadas en la arena, los costados ya sin pintura. Fotografió el muelle. Fotografió las barcas. Fotografió las redes tendidas hasta que el frío le entumeció los dedos y tuvo que parar a soplárselos.
Nadie le preguntó qué hacía. En cualquier otro pueblo, una cámara y un trípode levantaban siempre lo mismo: curiosidad, recelo, alguna broma, algún viejo que se planta delante para salir en el retrato. Aquí no. Aquí la gente lo veía montar el aparato y apartaba la vista con naturalidad, sin prisa, no como quien desprecia una fotografía, sino como quien ya tiene aprendido de antiguo cómo hay que comportarse delante de una.
Cerca de la rampa, un hombre joven sostenía a un niño de pecho envuelto en una manta de lana. Veinticinco años, veintiséis a lo sumo. Ojeras de no dormir, la barba mal hecha, y en la forma de sujetar al crío, esa mezcla torpe de orgullo y agotamiento que tienen los padres nuevos. Tomás le pidió permiso con un gesto, levantando un poco la cámara. El hombre dudó. Después asintió, y se quedó muy tieso, sin saber qué hacer con la boca.
—Quédese así —dijo Tomás.
El niño dormía contra su pecho, ajeno. Tomás tomó la fotografía.
—¿Sale el faro? —preguntó el hombre.
—No. En esta, no.
—Entonces mejor.
Tomás bajó la cámara.
—¿Por qué mejor?
El hombre miró un momento hacia el promontorio, donde la torre seguía blanca y derecha sobre la roca, indiferente a la niebla.
—Porque siempre sale, aunque uno no quiera —dijo—. Sale igual. Y me asusta ese sentimiento.
Y sin esperar respuesta acomodó al niño contra el hombro y se metió muelle adentro, meciéndolo con un balanceo pequeño, de andar, como si la conversación no hubiera ocurrido.
Tomás apuntó la frase en la libreta. La apuntó entera, con sus palabras, aunque no habría sabido decir para qué.
Siguió trabajando hasta media mañana. No entró en el bar —se veía la puerta abierta, oscura, y dentro el brillo de un mostrador, pero no le apeteció—. Tenía placas de sobra por ahora.
Cuando salía del puerto, notó que alguien lo miraba.
El hombre estaba en la esquina de la calle do Porto, apoyado de hombro contra el muro de una casa. Joven, de la edad quizá del padre del niño, aunque en su manera de estar quieto había algo bastante más viejo. Gorra oscura, chaqueta de lana, las manos en los bolsillos. No daba la impresión de esperar a nadie. Tampoco la de estar de paso.
No le sonaba de nada. Y aun así se quedó un instante colgado de esa mirada, como quien entra en un cuarto a buscar algo y, ya dentro, no recuerda el qué. Tomás lo achacó al cansancio del viaje, a la rareza de aquel pueblo donde nadie preguntaba nada. Un desconocido apoyado en un muro. No había más que eso.
El hombre levantó la cabeza. Durante un instante se quedaron los dos así, parados, separados por la calle mojada, por una mujer que pasó entre ambos con una cesta al brazo, por la niebla que iba borrando los tejados de arriba abajo.
Tomás saludó con un movimiento corto de la barbilla.
El hombre le devolvió el mismo gesto. Ni una palabra. Ni un paso.
Tomás siguió hacia el hostal. A mitad de la cuesta se paró y volvió la vista, sin proponérselo, como quien se rasca una picadura.
El hombre seguía en la esquina, pero ya no lo miraba a él. Miraba hacia el mar. Y fue su postura lo que le resultó a Tomás incómodamente conocida: los hombros un poco caídos, el cuerpo sostenido de cierta manera, la de quien lleva mucho tiempo esperando una noticia que no acaba de llegar y que ya ha dejado de creer que vaya a llegar.
Pensó en la placa, arriba, en el cuarto, envuelta en su papel.
El impulso de cruzar la calle le duró poco. Lo dejó pasar y siguió subiendo.
En el hostal, Remedios fregaba de rodillas el suelo de la entrada. Al verlo entrar se levantó despacio, con una lentitud que tenía más de dolor que de pereza, apoyándose en el canto del mostrador.
—Necesito el sótano —dijo Tomás—. Ya tengo placas.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabe?
Ella miró el maletín que él llevaba bajo el brazo. Luego volvió a mirarlo a la cara, un segundo, no más.
—Porque ya ha vuelto.
Lo dijo y, en el mismo movimiento, como si la propia frase la hubiera incomodado, agachó la cabeza y dio la conversación por terminada buscando la lámpara en el mostrador. Tomás abrió la boca para preguntar —vuelto, ¿de dónde?, ¿del puerto, de qué? —, pero la mujer ya le había dado la espalda, y la pregunta se le quedó a medio formar, igual que tantas otras desde que se había bajado del tren.
Cogió una lámpara pequeña y lo llevó por un pasillo angosto hasta una puerta baja, medio escondida tras una cortina de arpillera. La abrió con una llave que sacó del bolsillo del delantal. Del hueco subió un aire a tierra mojada, a madera vieja y a metal con óxido.
Bajó dos peldaños y prendió la lámpara.
—Esa rendija de arriba la tapa con un trapo —dijo, señalando una abertura larga junto al techo—. La mesa está seca. Los cubos los puede usar. Si necesita más agua, hay un pozo en la parte de atrás.
Tomás bajó. El sótano era más grande de lo que prometía la puerta: una mesa pegada a la pared, unos estantes vacíos, una silla coja, dos cubos y una cuerda tendida de lado a lado, a la altura de la cara. Serviría de sobra.
—Gracias.
Remedios no se movió. Se quedó en el escalón, con la lámpara, mirando la mesa, los cubos, la cuerda, como si calculara algo. Después bajó la vista al maletín que Tomás acababa de posar en el suelo.
—¿Cuántas fotografías ha hecho esta mañana?
—Seis —dijo Tomás—. Siete, contando una que no recuerdo haber hecho.
Remedios no contestó a eso. Pero algo le pasó por la cara —muy poco, lo que tarda una vela en temblar con una corriente—, y a Tomás no le gustó, sin saber por qué, no haber alcanzado a ver bien qué era.
—Le bajo algo de comer cuando acabe —dijo ella.
—No hace falta.
—Se lo bajo igual.
Subió las escaleras de espaldas a la luz, despacio, y cerró la puerta. La llave giró una sola vez en la cerradura, suave; Tomás no habría sabido decir si lo encerraba o solo cerraba.
Se quedó solo.
Durante un rato no hizo nada. Escuchó los pasos de Remedios moviéndose sobre su cabeza, el crujido de una tabla suelta, el rumor del puerto colándose por la rendija aún sin tapar. Después abrió el maletín y fue sacando las placas, una a una, colocándolas sobre la mesa con ese cuidado de las manos que trabajan solas mientras la cabeza anda en otra parte.
El muelle.
Las barcas.
Las redes.
El hombre joven con el niño.
La calle do Porto.
La esquina.
Y entonces una más.
Una placa que no recordaba haber tomado.
La levantó por los bordes, con dos dedos, y la acercó a la lámpara. Contra la luz no se distinguía gran cosa: una zona clara, una sombra, y al fondo una silueta vertical que lo mismo era el faro que un poste de amarre que el quicio de una puerta. Sin revelarla no había manera de saberlo. La dejó aparte, un poco separada de las demás, sin acabar de querer que tocara a las otras.
Después sacó del bolsillo de la chaqueta la otra placa, la envuelta, la que no quería mirar, y la puso al lado de la desconocida, sin abrir del todo el papel. Las dos quedaron sobre la madera, juntas, y por un momento —el cansancio, otra vez; tenía que ser el cansancio— le pareció que se reconocían.
Preparó los baños. Midió los químicos a ojo, por costumbre, ajustó la mecha de la lámpara y tapó por fin la rendija del techo con un trapo. Cuando el sótano se quedó en esa penumbra roja de los cuartos de revelado, sintió, por primera vez desde que había puesto un pie en Faxilda, algo parecido al hambre.
No en el estómago. En las manos. La necesidad limpia, casi con filo, de revelar lo que había traído de la mañana. De ver.
Cogió la primera placa.
No fue la desconocida. No todavía.
Empezó por el muelle.
¿Quieres saber qué aparece en la placa?
El capítulo II comienza en el cuarto oscuro. Y la fotografía que Tomás está a punto de revelar no contiene exactamente lo que recuerda haber fotografiado.
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